domingo, 9 de febrero de 2020

"Las Leyes Espìrituales" Vicent Guillem (40) La Ley del Amor - 7: Orgullo - 2

¿Y qué se puede hacer para vencer el orgullo?

Al igual que para la vanidad, el primer paso es tomar conciencia del defecto y el segundo paso es la modificación de la actitud. El mero hecho de adquirir conciencia del defecto y sus manifestaciones no impedirá por sí mismo que se presente. Pero el reconocerlo nos ayudará a evitar actuar conforme él quiere a la hora de tomar decisiones en nuestra vida. Si esas decisiones las tomamos ahora en función de lo que nos dictan los sentimientos, el defecto se irá debilitando paulatinamente hasta que finalmente será vencido.
La toma de conciencia pasa por conocer en profundidad qué es el orgullo, cómo se manifiesta en uno mismo y qué es lo que lo alimenta. El orgullo se alimenta del miedo, la desconfianza, la autosuficiencia y se manifiesta como aislamiento y represión de la sensibilidad. El orgullo es para la sensibilidad del espíritu como una coraza que la envuelve, una fortaleza inexpugnable que la rodea y que impide la entrada y la salida de los sentimientos. Por lo tanto hay que luchar para echar abajo esa coraza.
El paso inicial que tiene que dar el orgulloso para vencer su orgullo es liberarse de la creencia de que no es digno de ser amado, de que jamás encontrará a alguien que lo ame verdaderamente. El que busca el amor verdadero y correspondido lo encuentra tarde o temprano, porque los espíritus que son afines tienden a buscarse y se reconocen cuando se encuentran. Pero hay que ser paciente y constante, porque el que cierra la puerta a cal y canto para protegerse de lo malo, la cierra también para experimentar lo bueno. Está bien ser prudente para evitar que nos hagan daño. Pero no podemos renunciar a los sentimientos, ni devolver ingratitud con ingratitud, odio con odio, rencor con rencor, porque lo que nos hace sufrir a nosotros también hace sufrir a los demás. Y el que es más consciente del sufrimiento por tener más sensibilidad es más responsable de crearlo que aquel que genera sufrimiento sin ser consciente. Ya os he dicho y lo repito, no estáis solos. Todos, absolutamente todos, sois amados profundamente por Dios, por vuestro guía, por multitud de seres espirituales y amigos, vuestra familia espiritual, encarnados o desencarnados. Y todavía más: cada uno de vosotros tiene un alma gemela, una media naranja, a través de la cual experimentaréis el despertar del amor puro e incondicional. Solo hace falta que toméis conciencia de ello.
También ha de aprender a encajar mejor la ingratitud de aquellos que le hicieron daño, porque tiene capacidad de comprender a aquellos que no comprenden y ha de comprender que una vez estuvo él también en la misma situación.
Al mismo tiempo, ha de perder el miedo a ser él mismo. Ha de liberarse de las cadenas tendidas por aquellos que dicen que le quieren, pero que actúan queriéndolo someter. Pero tampoco ha de tomar el camino contrario, es decir, el de aislarse de las relaciones humanas por temor a sufrir. No está mal el desear que a uno lo quieran, pero ha de saber que no todo el mundo tiene la misma capacidad de amar y no debemos exigir a los que son nuestros allegados o simplemente conviven cotidianamente con nosotros que nos quieran o nos respeten con la misma intensidad que nosotros les queremos o respetamos, solo porque nos gustaría ser correspondidos. Porque ¿quién es más culpable de desamor, aquel que no ama porque no sabe (vanidoso) o aquel que, sabiendo amar, se inhibe de hacerlo por su defecto (orgulloso)?
Es importante también que no se sobreesfuerce en complacer a los demás, si ello significa renunciar al propio libre albedrío, creyendo que de esta manera conseguirá despertar en los demás el sentimiento que todavía no se ha despertado, porque ese sobreesfuerzo sin recompensa le pasará factura más tarde en forma de decepción, tristeza, desengaño, amargura, rabia e impotencia. Como ya he dicho, el auténtico amor se da incondicionalmente, sin esperar nada a cambio, y no se puede obligar a nadie a dar algo que no quiere o no puede dar.

Brevemente, ¿qué le dirías a un orgulloso que le pudiera ayudar en su evolución?

Que cuando te sientas triste o vacío no te encierres en ti mismo. No reprimas tus sentimientos creyendo que vas sufrir menos por no sentir, porque sufrirás todavía más y será además un sufrimiento estéril que no te lleva a ningún sitio. Busca vivir de acuerdo con lo que sientes y no con lo que piensas. Sé comprensivo con los demás, pero no te dejes llevar por lo que los demás esperan de ti, si no es lo que tú sientes. No te escudes en el daño que te han hecho para justificar tu desconfianza y tu aislamiento. Sé prudente con los que sientas que quieren aprovecharse de tus sentimientos pero abierto con los que van hacia ti de buena fe.

¿Y cómo ha de hacerse para no dejarse absorber y al mismo tiempo no hacer daño a los demás?

Hay que saber si el sufrimiento de la otra persona es debido a alguna actitud egoísta de nuestra parte o si sufre por su propio egoísmo, es decir, por no querer respetar nuestra voluntad y libre albedrío. Si es por una actitud egoísta nuestra, debemos trabajar para modificarla, pero si es por el egoísmo de la otra persona, será esta la que tenga que hacer un cambio para estar mejor, porque es ella misma la que se provoca el sufrimiento. Ha de saber que sufre por sí misma, aunque crea que es por lo que los demás le hacen.

¿Y si no quiere cambiar?

No se le puede forzar a cambiar, porque eso sería una vulneración de su libre albedrío y aunque ese cambio le pueda ser beneficioso, si es forzado no es auténtico. Pero eso no le da derecho a forzar la voluntad de los demás, con lo cual el espíritu sometido a una actitud egoísta de otra persona que busca complacer su egoísmo no debe ceder en sus sentimientos y convicciones profundas.

¿Y cómo puedo distinguir, por ejemplo, si tengo un conflicto con una determinada persona, cuándo esa persona sufre por su propio egoísmo o por una actitud egoísta mía?

Ponte en el lugar de la otra persona y analiza cómo te sentirías en su lugar y qué querrías tú en su situación. Si cambias tu decisión como receptor de una acción respecto a lo que tenías pensado hacer como emisor o ejecutor de esa misma acción, es que había algo de egoísmo e injusticia en tu actitud. Si mantienes la misma postura como receptor y como emisor, estás más cerca de ser justo. De todas maneras, usualmente suele ocurrir que hay una mezcla de todo, es decir, que hay actitudes egoístas en ambas partes, con lo que a cada uno le corresponde rectificar su parte de actitud egoísta, pero mantenerse firme en lo que no lo es y no ceder frente a las actitudes egoístas de los demás. Al final todo se resume en la máxima “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran ti” y “lucha para que los demás no te hagan a ti ni a los que dependan de ti lo que sabes que es motivo de sufrimiento y una vulneración de la voluntad”.




No hay comentarios:

Publicar un comentario